La crianza de los hijos no termina cuando cumplen 18 años; simplemente cambia. Y si no cambiamos con ellos, corremos el riesgo de dañar las mismas relaciones que anhelamos preservar. Si queremos influir en nuestros nietos y ser intencionales, debemos elegir la relación con nuestros hijos adultos por encima de tener la razón.


